Con el Concilio Vaticano II el aire nuevo entró en la Iglesia, y por las rendijas abiertas también entraron el espíritu ecuménico, el diálogo fraternal y una dosis suficiente de humildad para reconocer que la Iglesia necesitaba reformarse. Fue un tiempo de ilusión, de renovación y de esperanza. Una primavera corta que se frustró en 1978, el año de la muerte de Pablo VI y del malogrado Juan Pablo I, cuando fue elegido papa el polaco Karol Wojtyła.

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